domingo, 25 de noviembre de 2012


YO  Y  LA COLONOSCOPIA          Viernes 23 de noviembre de 2012


Estaba en la sala de espera intranquilo: a las 10.30 a.m. me practicaban una colonoscopia. Hacia siete años, que fue la última y única vez que me examinaron el recto y el colon, por suerte con un buen resultado. Pero despertarme de la anestesia no fue muy grato.
A mi lado, con su grata presencia, me acompañaba mi hijo, Alejandro. Le dije: estaría bueno estar juntos y conversar con tiempo más seguid, o él y yo, pero no bajo estas circunstancias.
Hacia una semana que estaba tenso, con mis pensamientos puestos en la severa dieta indicada con detalle, previa al estudio, que comencé gradualmente el lunes 19 de noviembre. El día anterior al estudio, prácticamente en ayunas tuve que ingerir un importante volumen de solución laxante, por la tarde y por la noche, para lograr una limpieza de la zona intestinal. Los tres litros de agua que bebí adicionalmente no alcanzaron a quitar ese horrible sabor a mezcla de aceite y bicarbonato, pero sí a transformar mi estomago en una enorme pileta de natación ó mejor aun en un lago desprovisto de arboleda y montañas. Con este paisaje, el efecto no se hizo esperar y entre las 8 p.m. y 2 a.m. del viernes 23, mi itinerario, sin cargo alguno, pero sí con mucha carga, fue desde el dormitorio al baño en forma incesante. Mi hermosa Golden Retriever, Wanda, me observaba preocupada, sorprendida, pues yo nunca corría tanto dentro del departamento.
Tuve que reponer dos veces el  papel higiénico, que dada las circunstancias, decidí en su momento y para está oportunidad,  comprar rollos de mala calidad . . .  ¿ para qué los de doble hoja ?
Si a este escenario le sumamos mi tendencia a ser cagón, bonito cocktail emocional me embargaba…
Demás está decir que dormí muy poco. Mi estado de ansiedad aumentaba minuto a minuto.
Parecia que había amanecido más temprano que nunca: a las 5 a.m. caminaba casi sin detenerme de un lado a otro; el tiempo no pasaba.
Ya contaba casi 12 horas de ayuno, mi estomago no era el mismo de “siempre”: una mezcla de oceáno con altísima concentración de sales y un vacio difícil de describir, me distraían de temas cotidianos. 
9.15 a.m.: con mi hijo, partimos rumbo al centro de gastroenterología ubicado en Barrio Norte. Llegamos demasiado temprano. Durante la incómoda espera converse brevemente con él. Trataba de distraerme. Mi mente, más que nunca, estaba conmigo mismo. Haber firmado un acta de acuerdo,  aceptando el procedimiento, con los riesgos que involucra el mismo, me había puesto más nervioso. Sí, estaba cagado hasta ahí, y muy asustado. La simpática recepcionista que me atendió al llegar me dijo: “Usted debería haber firmado sin leer lo aquí escrito.”  Seguramente si me lo decía antes de poner mi firma, me hubiera cagado de miedo mucho más.
Mi hijo me observaba; muchas veces se reía: traté de relajarme, de meditar, de aplicar eutonia: respiración consciente, reteniendo aire, mayor oxigenación, movimientos suaves y lentos con el objetivo de aquietar mi mente. Realice ejercicios que aprendí en el taller de eutonia ( muy eficaces ): tocaba el piano  imaginario con mis grandes manos, elevaba los brazos intensamente hacia el techo, con las palmas de las manos hacia arriba, tratando de elevar el techo. Juntaba las yemas de los dedos pulgar, índice, medio de ambas manos para crear energía positiva, cerrando los ojos, observando la respiración y relajándome.     
Me sentía mejor por momentos, con menos ansiedad. ¡ Viva la eutonia !! Pero mi enemigo era el tiempo: no pasaba nunca. Recien 11.30 a.m. ingrese temblando al vestuario para luego seguir al quirófano. Me convencí que soy un cagón y que el estudio es sencillo aunque me duerman y pierda el control …
El delantal, abierto por detrás, ¿ se imaginan ?, una de las partes más lindas que tengo…… en manos de una doctora . . . joven, amable con su saludo de “bienvenida”.

Sorpresivamente un rostro tierno con cabellera blanca, se aproximó a mi cabeza inclinada totalmente hacia un lado, dado que tuve que ubicarme de costado en la camilla, presentándose está persona, como el anestesista. Después de preguntas de distracción:
¿ qué medicamentos tomo ?, ¿ si había tenido un estudio similar antes ? me “clavó” una guja en una vena de mi mano derecha, sin causarme dolor diciéndome que en segundos iba a tener el mejor de los sueños. Asustado, me entregué, mientras observaba a mi alrededor un sinfín de jeringas, aparatos y otros elemento propios de un quirófano. Con la máscara de oxígeno puesta, el anestesista dijo: “ahí vamos”….

Desperté en una sala contigua al grito de ¡Grunewald, Grunewald¡
El anestesista trataba de reanimarme, reubicarme en la realidad y hacerme regresar de mi viaje a la Tierra.

Sentí – aun mareado -  enorme alegría al ver a mi hijo.
Ese sueño profundo fue maravilloso, me pregunté si asi sería la muerte . . .

Aunque aun no estaba sobrio, celebré al escuchar a la joven doctora decir que todo estaba bien.

Continue en una especie de limbo alguna hora más, pero olvidándome de casi todo, continuamos festejando Alejandro y yo
en una parrilla, saboreando chorizos, bife, papas fritas, ensalada mixta, pero nada de postre….
Había pasado todo. Bien vale la pena ser responsable, tratar de prevenir, de quererse, por un mismo, por los seres queridos, por la Vida, y decir siempre: ¡ Gracias !    

ALBERTO GRUNEWALD ( Y0 ) 

lunes, 22 de octubre de 2012


EL AIRE ALREDEDOR
Jairo Anibal Niño


El aire alrededor de un grano de arena
es la flor amarilla.
El aire alrededor de un vaso de agua
es la gaviota.
El aire alrededor de tu risa
es una caja de lápices de colores.
El aire alrededor de una gotera en el techo
es el mar.

Con los lápices de colores voy a dibujarte
y tu vestido será blanco como la flor de Cuba
y pintaré sobre tu cabeza una gaviota
y la gaviota estará asomada a una nube y cantando
y dibujaré también tu risa que será un arco iris
y el arco iris tendrá una banderita en el sombrero
y dibujaré mi tristeza que será una gotera en el techo
y la gotera es el mar de Cuba con su malecon
y finalmente dibujaré el aire
y el aire serán las letras de tu nombre,
ya que cada vez que te pienso
la respiración me duele con un dolor bonito
porque tú eres el aire que respiro.  


domingo, 21 de octubre de 2012

ESTA HISTORIA ESTÁ BASADA EN HECHOS REALES. LOS NOMBRES DE LOS PERSONAJES SON FICTICIOS. ---------------------------------------------------------------------------- 

 DOS DÍAS DESPUÉS DE MI CUMPLEAÑOS VISITE A MI ASTRÓLOGA, - VOY, DESDE HACE 9 AÑOS - LA LECTURA DE MI REVOLUCIÓN SOLAR 2012 – 2013 NO FUE LO QUE YO ESPERABA, AUNQUE YA INTUÍA POR LA ENERGIA QUE ESTOY SINTIENDO, QUE LAS COSAS ESTAN “ MÁS COMPLICADAS” QUE AÑOS PASADOS, Y ESO QUE NO FUERON MIS MEJORES AÑOS, PERO COMO DICE LA DISCIPLINA BUDISTA: DEBES TRANSITAR, DEBES ATRAVESAR. ¿ PARA QUÉ SUFRIR ?. Y SI PUDE, POR QUÉ NO AHORA TAMBIÉN . . .Y ADEMÁS SIGO APRENDIENDO – NUNCA SE DEJA DE APRENDER. – TODO APARECERÁ SORPRESIVAMENTE Y QUE AQUELLO QUE ME AFECTA DEBO RECIBIRLO CON AMOR Y PACIENCIA. COMO PARA APLACAR TODO LO QUE ME SUCEDE Y SUCEDERÁ EN LA CALLE. ESTO ES CÓMO LA EXCELENTE PELÍCULA QUE SE PUDO VER HACE TIEMPO LLAMADA “ CRASH “ Ó “ VIDAS CRUZADAS “ CON LOS SIGUIENTES ACTORES: Sandra Bullock, Don Cheadle, Matt Dillon, entre otros. EN UN LAPSO DE UNA SEMANA ME SUCEDIERON DOS HECHOS, LOS DOS BUSCADOS POR MI ( PLUTÓN ) Y QUE PUDE ATRAVESAR PERO CON DISTINTAS EMOCIONES. ME CRUCE CON PERSONAS QUE ME ENSEÑARON Y QUE ME CUIDARON. FALTA QUE YO ME CUIDE . .. PUES UN LEONINO SE LAS SABE TODAS Ó CASI TODAS . . . VIERNES, DÍA DE LA PRIMAVERA, POR LA NOCHE: UNA CAMINATA CON WANDA, MI PERRA GOLDEN RETRIEVER. EL PASEO ES MÁS RELAJADO, ¿ SERÁ QUE EL DÍA SIGUIENTE ES SÁBADO ? ÍBAMOS POR VIRREY ARREDONDO HACIA LA CALLE AMENABAR. SORPRESIVAMENTE PASÓ A NUESTRO LADO UNA PERSONA DEL SEXO FEMENINO QUE ME LLAMÓ MUCHÍSIMO LA ATENCIÓN: BONITA, ALTA, SONRIENTE. SU CABELLO OSCURO, LACIO CAÍA CÓMO BORBOTONES SOBRE SUS HOMBROS Y ESPALDA. SE DETUVO EN LA ESQUINA: SE QUEDO ALLÍ DETENIDA PUDIENDO HABER CRUZADO LA BOCACALLE. ¿ ME ESTABA ESPERANDO ? GIRO LA CABEZA HACIA ATRÁS Y CUANDO VIÓ QUE ME ACERCABA ESBOZO UNA BELLA SONRISA. AL ESTAR FRENTE A ELLA PUDE OBSERVAR UN ROSTRO CASI PERFECTO: UNA PEQUEÑA FRENTE, PLANA, BRILLANTE, QUE HACIA JUEGO CON SUS MARCADAS CEJAS Y SUS OBSCUROS OJOS. LA MIRADA PROFUNDA Y ALEGRE. UNA NARIZ HECHA A MEDIDA PARA ESE ENCANTO DE MUJER. LABIOS FINOS, EXPRESIVOS QUE COMPLETABAN UNA CARA EXTREMADAMENTE ATRACTIVA. ME QUEDE ENCEGUECIDO. AUN ASI CON TOTAL SOLTURA COMENCÉ A HABLARLE. LE DIJE LO BONITA QUE ESTABA Y DESTAQUÉ SU ELEGANCIA. RECIBIÓ ESTAS PRIMERAS PALABRAS CON UNA SONRISA QUE SE DIBUJO ABARCANDO TODO SU ROSTRO. INMEDIATMENTE SE INICIÓ UN DIÁLOGO: “ A VOS TAMBIÉN SE TE VE MUY BIEN” RESPONDIÓ. ¿QUÉ HACES ? ¡QUÉ HERMOSO PERRO ! ¿ VIVIS POR AQUÍ ? LE PEDÍ SU NÚMERO DE CELULAR. LO MEMORICE DE INMEDIATO. NOS DESPEDIMOS ACORDANDO HABLARNOS. RECIEN EL MARTES SIGUIENTE CONVENIMOS EN ENCONTRARNOS Y SALIR A CENAR. ¡ QUÉ MUJER BELLA ¡ CUANDO LA PASE BUSCAR POR SU DOMICILIO, QUEDE OBNUVILADO DE TANTA BELLEZA Y ELEGANCIA. CAMINAMOS MUCHO POR LAS CALLES DE BELGRANO. VALERIA QUEDO GRATAMENTE SORPRENDIDA CON MIS GESTOS CABALLERESCOS AL CRUZAR CALLES Y AVENIDAS. DURANTE UNA HORA DSFRUTAMOS CONVERSANDO, OBSERVANDO NEGOCIOS Y MIRANDO LA GENTE PASAR POR CABILDO, JOSÉ HERNÁNDEZ, AVENIDA EL CANO. DE PRONTO SENTI UN IMPULSO CASI INCONTROLABLE DE BESARLA, PERO ELLA FRENÓ EL INTENTO, DICIENDO: “ NO, AHORA NO”. EN OTRO MOMENTO AGREGO DE INMEDIATO. UN LINDO RESTAURANTE CON ESTILO DE PUB IRLANDES NOS TENTO PARA IR A CENAR. UNA MESA CONFORTABLE CON SILLONES NOS ESPERABA PARA DELEITARNOS DE LAS EXQUISITECES QUE OFRECIA EL MENÚ. FUIMOS ATENDIDOS A LOS MINUTOS DE HABERNOS UBICADO. EL PRIMER PLATO: RABAS CON MUCHO LIMÓN: FUE EXQUISITO. BEBIMOS GASEOSAS: SPRITE ELLA, COCA-COLA YO. DESPUÉS DE PEDIR EL SEGUNDO PLATO: SALMÓN ROSADO CON PURE DE ZANAHORIAS AL TOMILLO, VALERIA ME CLAVÓ SU SENSUAL MIRADA TAN PENETRANTE QUE QUEDE PARALIZADO. ENTONCES, CON UNA SERIEDAD DESCONOCIDA PARA MI HASTA ESE MOMENTO, PERO SIN DEJAR DE DIBUJARSE UNA SONRISA EN SUS LABIOS, ME DICE: “ TE VEO UNA PERSONA DULCE, SINCERA “ POR ELLO TE CUENTO: “ YO . . . . BIOLÓGICAMENTE NO SOY MUJER . . . “ ELLA OBSERVO ATENTAMENTE MI REACCIÓN . . . SIN PESTAÑAR, ESTA VEZ MI MIRADA TUVO UN SOLO DESTINO: SU ROSTRO, SU CUERPO, SUS MANOS . . CREO QUE POR UN INSTANTE NO RESPIRE . MI MENTE SE LLENÓ DE MILLONES DE PENSAMIENTOS, MIENTRAS MI CORAZÓN SE ACELERABA. ¿ QUE HAGO ALLÍ ? ¿ ES REAL TODO ESTO ? Y ME DECIA: ¡ NO ! ¡ NO ! . . . INHALE TODO LO QUE PUDE, SOSTUVE EL AIRE MÁS ALLA DE LO QUE NORMALMENTE LOGRABA, EXHALE CON BRONCA. ME FUI TRANQUILIZANDO, VALERIA ME OBSERVABA DETENIDAMENTE CON CARIÑO. VOLVÍ A RUMIAR: ESTOY AQUÍ, LA COMIDA ESTÁ EXQUISITA, EN ESO, LO QUE ESTÁ SUCEDIENDO SERÁ INTERESANTE. MIENTRAS SABOREÁBAMOS EL SALMÓN Y LA ZANAHORIA, LA CHARLA SE HIZO FLUIDA, COMO UN PING PONG DE PREGUNTAS Y RESPUESTAS CON UNA NATURALIDAD ASOMBROSA. VALERIA ES FELIZ, HACE DOS AÑOS LOGRÓ OFICIALIZAR SU NUEVA IDENTIDAD ADEMÁS DE SER RECONOCIDA COMO TRANSEXUAL. TIENE UN DIGNO TRABAJO DE PERIODISTA EN PÁGINA 12 Y TRABAJA DE MESERA EN UN RESTAURANTE DE PALERMO ZOO. TIENE AMIGOS Y AMIGAS, SIN DISTINCIÓN DE SEXO. DISFRUTA DE LA VIDA COMO CUALQUIER PERSONA EN ESTE MUNDO.. SU FAMILIA LA APOYA TOTALMENTE. PREGUNTE SI TENIA HERMANOS, ME RESPONDIÓ QUE SÍ: DOS HERMANOS QUE NO SON TRANSEXUALES, COMO ADELANTÁNDOSE A MI SIGUIENTE PREGUNTA.. LA DEJE EN EL EDIFICIO DONDE VIVE. NO SUPE MÁS DE ELLA. ALBERTO M. GRUNEWALD ME SIENTO BIEN Y FELIZ DE HABER APRENDIDO ALGO MÁS: SOMOS TODOS CRIATURAS DE DIOS Y TODOS BUSCAMOS NUESTRO DESTINO. EL LIBRE ALBEDRIO ES FENOMENAL. CADA UNO HACE SU ELECCIÓN.

 En Asia le dicen "Same same but diferent" una historia muy graciosa porque los transexuales en Tailandia son mujeres hermosas. Algunos hombres se pierden. Same same but different Pertaining to the nature of lady-boys in Thailand. When the two breasts look same-same like a woman's but the dong is still there. Bob: I was grinding with a girl and I think I felt a lump. Jack: Same same but different.

domingo, 8 de julio de 2012

PERDIDO escrito entre 2005 y 2006





- Aquí tampoco está –dijo, cerrando con un gesto de decepción el último cajón de la vieja cómoda.
De altas paredes que llevaban a un cielo raso gastado por el tiempo, la habitación tenía, además de la cómoda, un enorme armario de madera estilo Luis XVI, que según como la araña que colgaba del centro proyectara su luz, por momentos parecía brillante y con mucha vida, y en otros daba la sensación de un objeto lúgubre, inquietante.
Llevaban ya casi dos horas buscándola. Repentinamente, como quien se paraliza ante un terrible episodio, la incertidumbre y el misterio se apoderaron de la habitación; sin saber por qué, una de ellas gritó: ¡Salgamos de aquí! En ese instante el cuarto quedó completamente a oscuras. Hablar fue un error, probablemente. Pero cuando el miedo les secó la garganta y el corazón se abrió paso entre los dientes, no hubo más opción que el grito.
Al otro lado de la puerta apareció el hombre, tieso. Su rigidez no respondía al miedo sino al oficio, a su instinto de cazador al acecho, como hace millones de años, como ayer, la mano crispada sobre el garrote, sobre la piedra afilada, sobre el cuchillo. Esa mano que había nacido para estar armada se adelantó en su movimiento al cuerpo inclinado hacia adelante. Los dedos toscos, extendidos y tensos, marcaban el camino de los pies, que cautos, se acercaron a la puerta del cuarto.
Con un gesto brusco del dedo índice indicó a las mujeres que volvieran al cuarto, ahora débilmente iluminado por la luz del farol de la esquina que se filtraba por la ventana rota, emparchada con cartones. Se movía con seguridad en un espacio tenebroso y lúgubre.
Las manos de ellas se buscaron y se aferraron; el silencio se interrumpía por la respiración entrecortada de ambas.
El rostro del hombre, desfigurado por algún animal salvaje, inspiraba miedo. Las cicatrices recortaban su frente como un rompecabezas; hasta las cejas parecían como surcos heridos que se adentraban en los párpados. Tenía los ojos semiabiertos, lo que hacía más difícil determinar el color. La nariz, quebrada, tenía dos escalones: hundido el más cercano a los ojos y en perspectiva aquel próximo a la boca. Había una extraña mueca que permitía ver algunos amarillentos dientes en un extremo de esa boca. La pera estaba partida en dos, lo que hacía más terrorífica su presencia.
El cazador también se estremeció, le vino esa sensación rara en la garganta. La había sentido pocas veces; el escritor le había dicho que eso se llamaba emoción.
Tal vez algo de lo que sintió se reflejó en sus ojos, porque ellas empezaron lentamente a recuperar la serenidad. Las miradas se cruzaron una y otra vez, zigzagueantes, como una autopista cargada de vehículos. La luz que llegaba del farol construía un haz de partículas que acompañaban a esas miradas.
De pronto, un sonido casi gutural surgió del cazador. Su expresión fue como un pedido de ayuda. Ellas soltaron las manos entrelazadas y se acercaron al hombre.
Habían tenido el impulso de huir de una amenaza imaginada, de la sombra cambiante de un enorme armario, por un miedo que en realidad estaba en ellas. Pero ahora no huían. Tal vez fuera por la tranquilidad que se habían trasmitido a través de sus manos apretadas, o quizás por un hechizo que se había filtrado como un destello a través de aquellos ojos entornados.
El hombre no se detuvo. Pasó casi como una ráfaga entre las dos, rumbo al mueble. De espaldas ya no daba miedo, se parecía a cualquier hombre alto y robusto. Se acercó al armario y tanteó su techo, segura su mano de encontrar lo que buscaba.
Y entonces se las mostró. Habían tenido razón al pensar que debía estar en aquella habitación. Y tal vez finalmente la hubieran encontrado si el miedo no las hubiera dominado. En la mano del cazador, parecía un cebo.
Cuando pasó nuevamente junto a ellas saliendo de la habitación, lo siguieron mansamente. Lo siguieron extrañamente confiadas, mientras repasaban mentalmente el recorrido que las había llevado a la casa del pueblo. Nunca creyeron en ese diagnóstico médico que indicaba que su padre había muerto de un paro cardíaco. Y aunque nadie tomó en serio sus dudas, siguieron adelante en un laberinto que tenía un solo punto de referencia conocido: la lapicera bordeaux con pluma y con capuchón de oro, esa que ahora brillaba en la mano gigante del hombre que marcaba un camino que ellas estaban dispuestas a transitar.
Su padre siempre les había dicho que sólo podría escribir si se sentía libre. Fue un solitario y meticuloso artesano tanto en su tarea de ignoto cronista como en el modo en que seleccionó el campito, sembró los tilos y después instaló las colmenas. Le gustaba sentarse bajo el alero esas tardes en que lloviznaba y el aire era un perfume zumbón que lo adormecía, para luego despertarse lleno de palabras que se irían acomodando en el papel con solo apoyar la pluma de oro.
Ellas caminaban ahora tras un desconocido, un hombre agigantado por la penumbra del amanecer, que en su mano extranjera tenía esa lapicera. Para ellas era buena señal: significaba que ese ser, del que temieron por su deformidad, por el olor salvaje que emanaba, por el sonido gutural, había conocido al escritor, probablemente sabía qué era lo que ellas buscaban ...y tal vez algo más. Sin necesidad de palabras, los tres estaban invocando en el recuerdo a la misma persona, al que ya no estaba.
Quizás lo que su padre nunca pudo sostener fue el poco conocimiento que tenía de sí mismo. Su soledad, su aislamiento, lo habían ido conduciendo a un callejón sin salida. Su confusión, provocada por sus indecisiones, lo llevaba a mostrarse muchas veces agresivo y otras, las menos, en paz pero con la mirada fija en algún punto del horizonte. Seguramente, escribiendo debió haber experimentado una apertura que le permitió relacionarse con el mundo sin miedo, sin armaduras.
Nunca habían podido dialogar en profundidad con ese padre taciturno. Su actitud no dejaba espacios para buscar qué había detrás de su coraza emocional. Por eso era más extraño esto de tratar de entenderlo ahora, después de muerto. Pero así eran las cosas.
Se habían vuelto a interesar en él cuando leyeron su primer cuento publicado en un diario. Eso había ocurrido hacía ya varios años, en los tiempos en que lo consideraban un anacoreta egoísta por haber decidido aislarse en el campo sin importarle lo que ellas pudieran opinar o necesitar, escudándose en una necesidad de ser libre, que para ellas no significó más que un rechazo y un abandono.
Aquel cuento había ganado el primer premio en un concurso del diario. Y era un diario prestigioso. A ese cuento le siguieron otros, magníficos, cautivadores, profundos, que eran esperados con ansiedad por los lectores de la sección literaria. Ellos sólo conocían del escritor su nombre y su aislamiento. Casi lo mismo que ellas, finalmente. Pero mientras ellos lo admiraban, ellas en cambio le guardaban rencor, un rencor cada vez mayor, por no haberles mostrado ese mundo interior que ahora fascinaba a tantos desconocidos. Solamente les había sido permitido compartir sus silencios y tener que soportar su hosquedad.
Ellas también, como los lectores, empezaron a esperar cada vez con mayor interés la publicación de un nuevo cuento. Habían creído, desde el primero, que en ellos podía haber algo… algún mensaje cifrado, señales, en fin, pistas para entender al padre viudo que las había criado.
Sus razones tenían. En el segundo cuento había aparecido por primera vez la referencia a la lapicera bordeaux con pluma y capuchón de oro que ellas le habían regalado y que era para él como la llave de una nueva vida. El tema volvía en cada relato, a veces en forma de metáfora, a veces explícitamente. Pero seguía siendo una mención codificada. Fueron comprendiendo que él trataba de decirles algo, de advertirlas sobre algo.
Las señales entre líneas hablaban de miedos, sugerían peligros que acechaban, y siempre volvían a la lapicera. Por eso, cuando se enteraron de que lo habían encontrado muerto bajo los tilos, no aceptaron lo del paro cardíaco y decidieron investigar hasta llegar al fondo del misterio, resolver el acertijo que les había planteado el padre escritor en sus cuentos.
El gigantón se detuvo. Habían llegado, sin notarlo, a la avenida de los tilos. Los primeros rayos del sol le ponían relieve al sitio donde había sido encontrado muerto el escritor.
Otra vez pareció dulcificarse la expresión de su grotesca cara cuando les dio la lapicera y hablando con dificultad les dijo: “- …Se las dejó él… que las esperara, me pidió… que vendrían a la casa… él sabía que tratarían de resolver… que tarde o temprano llegarían…”.
Y sin dar tiempo a preguntas, aprovechando el desconcierto, el hombre que había sido el guardián del secreto del escritor, se fue. Ellas lo vieron partir, tomadas por la sorpresa que motivaron esas palabras, que parecían aprendidas de memoria y dichas con un gran esfuerzo por alguien no acostumbrado a hablar.
Poco tardaron en decidir que no iban a volverse a la ciudad. Mientras reacondicionaban la vieja casa, se instalaron en el hotel del pueblo. Rápidamente descubrieron que para los lugareños ellas eran “las hijas del escritor”.
Tramitaron lo necesario para recibir de la ciudad el material que habían atesorado en los años de distanciamiento, de encuentros breves y frustrados por esa eterna imposibilidad para mantener un diálogo, por ese clima enrarecido que se instalaba cuando estaban los tres juntos.
Pasaban las mañanas leyendo, en busca de algo que no sabían qué era. Por las tardes recorrían el campito, como solía llamar el padre a esas hectáreas perfumadas por los tilos y pobladas de colmenas. Tenían una rutina que no las aburría. Sin embargo, un día la cambiaron e inesperadamente las cosas tomaron otro rumbo.
Fue una mañana en que se levantaron muy temprano. La tarde anterior los tilos repletos de pimpollos parecían prontos a abrirse en todo su esplendor, y ellas quisieron observar las flores que no tardarían en desplegarse húmedas de rocío. Habían preparado un bolso con el termo para tomar unos mates en el alero y estaban limpiando los bancos de madera, cuando un ruido extraño proveniente del cuarto de herramientas las sobresaltó.
Nuevamente aquel hombre extraño, deforme y de mirada cálida, las paralizaba con un susto, aunque es verdad que esta segunda vez no fue aterradora como aquella madrugada cuando recién habían llegado al pueblo.
El no les dio tiempo a nada; solamente dijo de modo apenas audible: “- Buenos días, hermanas…” y salió corriendo como un animal salvaje.
En el pueblo las llamaban también así, “las hermanas”…Pero dicho por él, del modo que lo dijo, asustado también por haber sido encontrado, y con esa mirada dulce buscando directamente los ojos de ellas, sonó enigmático. Hasta ese momento no les había parecido extraño que los lugareños las identificaran como tales, pero en la boca del hombre que ya se perdía entre los árboles esa frase sugirió un sentido diferente.
Confundidas, sin poder organizar su pensamiento, no atinaron a otra cosa que ir al pueblo a averiguar más en torno a lo que él había dicho. Pero al contar lo que había ocurrido se desencadenó una reacción inesperada para ellas: el pueblo, con el jefe de policía y el de bomberos a la cabeza, al enterarse de que el hombre había aparecido, decidieron partir hacia el bosque a buscarlo. Y las hermanas observaron, aterrorizadas, como al poco rato una turba con palas, rastrillos y machetes iniciaba una persecución que parecía tener una sola premisa: encontrarlo vivo ó muerto, como si abatir a esa extraña criatura fuera el modo de terminar con la maldición que asolaba al pueblo. De pronto, la paz y armonía del lugar se habían terminado; el aburrimiento también. Y la presa: ese extraño hombre perdido.
Ellas los siguieron por detrás. Cuando hacía ya un largo rato que comenzara la frenética búsqueda, un silencio sepulcral se produjo en el bosque, como concertado entre todos. Las hermanas supieron que lo habían encontrado.
Estaba sediento y asustado. Sorprendentemente, dos enormes ciervos lo protegían, impidiendo que nadie se acercara.
Quizás fue por eso que algunos lugareños, en un impulso, decidieron capturar a las hermanas y las arrastraron hasta el lugar. Gritos de “¡venganza! ¡venganza!” comenzaron a sonar como cañonazos en boca de los presentes.
Ellas comprendieron, en ese momento, que eran sus sospechas las que habían desatado esa furia. Sus dudas, comentadas en atardeceres con vecinos entrometidos, repetidas en el almacén, cuchicheadas en el horno de pan, analizadas junto al arroyo de los berros, se habían ido prendiendo como abrojos al resentimiento de un pueblo que había perdido su destino de gloria, su derecho a la posteridad, su cuota de forasteros con dinero. Cómo no masticar rabia si sólo raramente se veía algún auto de afuera entrar en el pueblo, si no llegaban cartas a la estafeta, si el expediente del asfalto de la ruta esperaba, gris de telarañas, en el archivo de la gobernación.
Las hermanas tenían razón: no había sido una muerte natural. Aunque nadie lo dijera, todos lo suponían en silencio. Y frente a esa realidad imposible de ocultar del todo, allí estaba ese engendro, aparecido a los pocos días de instalarse el escritor en el campo. Había sido desde el primer momento el reo por excelencia, el sospechoso preferido: se fue convirtiendo en el responsable por los cabritos muertos en las heladas del invierno, el señalado por el atraso en la postura de las gallinas, el que hizo enloquecer un día a las abejas, y hasta el culpable de que se esfumara alguna torta puesta a enfriar en la ventana… Bastaba que el cazador se dejara ver, para que fuera su fealdad lo que hacía que las cosas perdieran la deseada armonía. Había sido acusado de todos los males, era el protagonista indeseado de las pesadillas del pueblo. Si había podido quedarse allí esos años, era porque el escritor lo había protegido.
Sin embargo, para ellas dos ese hombre feo no podía ser culpable. Otra vez las manos entrelazadas se comunicaron. Esta vez fue un escalofrío. Les alcanzó para ponerse de acuerdo y, sin dudar, corrieron hacia él; los ciervos se abrieron para darles paso y luego volvieron apuntar amenazadoramente sus cuernos hacia la turba.
Unos pocos siguieron con sus gritos de venganza, pero la mayoría se fue quedando en silencio, sin saber qué hacer, entre la rabia y el desconcierto.
Ellas se vieron de nuevo junto a ese ser que modulaba las palabras con dificultad, que había sido durante los últimos años el interlocutor de su padre, del hombre que, a su modo, tampoco podía hablar. Sintieron el impulso de abrazarlo, y su abrazo fue correspondido por él con una entrega suave. Los que presenciaban la escena se fueron retirando, turbados, confundidos.
Ellas lo tomaron de la mano y lo llevaron a la casa, caminando despacio, sin hablar. Prepararon una mesa para tres; le ofrecieron un baño caliente mientras terminaban de preparar la cena; le ofrecieron ropas del padre. El aceptaba todo naturalmente, como si nada de eso le fuera desconocido.
Cenaron en silencio, un silencio sólo interrumpido por el leve roce de un cubierto en el plato, el vino al llenar una copa, la corteza crujiente del pan... En un momento él se levantó, abrió una alacena y sacó un frasco lleno de quinotos en almíbar mientras esbozaba una suerte de sonrisa, mezcla de desafío, triunfo y deseo de sorprenderlas al no dejar ya lugar a dudas de que ese lugar le era propio. Ellas se miraron. Lo veían moverse seguro dentro de su torpeza.
Él retiró los platos y sirvió el postre. Luego vinieron el café y un licor. Entonces él preguntó tímidamente por la lapicera. Las hermanas no esperaban eso, y volvieron a ponerse a la defensiva. Un furtivo cruce de miradas puso en evidencia su desconfianza e incertidumbre.
La mayor rompió el silencio: “- No sabemos quién es usted… evidentemente conocía más a nuestro padre que nosotras y…”. La frase quedó sin concluir, bruscamente interrumpida por la otra hermana, que nerviosa dijo: “– Lavemos los platos, es tarde…Mejor que vuelva a su casa… si es que tiene..”.
Pero él volvió a insistir: “…la lapicera… hay algo que...”. Esta vez las dominó la tranquilidad de él, otra vez esa mirada llena de ternura, impregnada de sabiduría. Entonces trajeron la lapicera y se la dieron. El, entre gestos y medias palabras, les preguntó si habían intentado escribir con ella, y ellas le dieron una respuesta negativa moviendo sus cabezas.
Se levantó de la silla y se dirigió a la biblioteca que estaba del otro lado de la habitación. Comenzó a sacar los libros, dejando al descubierto una línea de frascos etiquetados con una calavera. De uno de los libros que había retirado de los estantes, sacó una hoja y se las extendió, tembloroso, acercándose a la puerta.
A la vez que lo retenían suavemente con una mano en su hombro, las hermanas buscaron ávidas con la mirada el texto para leer. Había sólo una frase: “La lapicera no tiene tinta”.
Tenían buena memoria y no dudaron: abrieron la lapicera, y en lugar del antiguo tanque de goma que tantas veces le habían visto cargar apretándolo suavemente casi con deleite y sumergiéndolo en el frasco de tinta, encontraron un papel de seda enrollado cual si fuera un cigarrillo.
Lo desplegaron con delicadeza. El texto estaba escrito con letra apretada, casi irreconocible salvo por la forma tan caligráfica de las proporciones de las letras. Comenzaron a leer en voz alta.
Queridas hijas:
Siempre les dije que para escribir necesito ser libre. No les dije que ser libre era hacerme cargo del hijo abandonado en mi primera juventud, mucho antes de conocer a Mercedes, la madre de ustedes. Ojalá puedan comprender que mi hosquedad era culpa, vergüenza, un remordimiento constante por no haber sabido aceptar a ese hijo que me hizo huir del pueblo.
Encontrarme con él, retirarlo del lugar horrendo donde fue abandonado de niño, fue reconciliarme conmigo y poder abrir y desplegar mis posibilidades como escritor.
Bien saben ustedes que nada es tan apasionante para mí como realizar crónicas que surgen de la observación del más simple cotidiano.
Una noche que me había quedado a dormir en el campito, un ruido extraño me despertó. Sin encender luces salí sigilosamente y vi un grupo de personas en torno a las colmenas.
Nada dije. A la mañana siguiente retiré unas pocas muestras de miel y confirmé mi sospecha: habían sido envenenadas.
Si bien viajé a otra ciudad para realizar los análisis, tengo razones para pensar que estoy siendo observado. Si algo me ocurre, mi hijo, su hermano, sabe dónde está la miel envenenada.
Encontrarán más detalles en los últimos cuentos. Yo estoy muy perturbado, temo estar volviéndome loco, presiento que la muerte acecha.
No sé quién pueda ayudarme, me siento absolutamente perdido.
Papá
Lloraron los tres abrazados. El balbuceó: “- Hermanas…”, y esta vez las abrazó fuertemente.
Ellas fueron al cuarto donde estaban desplegadas las hojas de los diarios con los cuentos, los pusieron en orden cronológico y comenzaron a releer los títulos: Encuentro con un hijo. Miel. Tres hermanos. Dulce veneno. ¿Quien me delató? La lapicera sin tinta. Absolutamente perdido. La conspiración de la abeja reina y los zánganos perversos.
Se miraron. Tenían mucho trabajo por delante.

*
PERDIDO fue escrito por Alberto, Gloria y Lucila en cuatro vueltas entre fines de agosto y principios de octubre del 2006. Es el séptimo Cuento Con Vueltas que termina.

CUENTOS CON VUELTAS es una experiencia que nació en el 2005. Consiste en escribir cuentos entre varias personas circulándolos por e-mail. Cada uno, al recibirlo, agrega nuevo texto. El cuento da una cantidad preestablecida de vueltas entre el grupo, que es fijo y anónimo. En algún momento el que se inspira pone un título. Al mismo tiempo que se escribe se van haciendo ajustes al texto ya escrito, en diferentes colores para conjugar las diferentes visiones. Cuando el cuento llega al final hay una o más rondas adicionales para hacer correcciones, ajustes y eventuales toques adicionales de creatividad. Luego, si lo desean, los autores revelan su identidad. En este caso, además, existe otro cuento con vueltas que fue escrito a partir del mismo texto inicial por otro grupo; a veces hacemos esa experiencia.

Al terminar el cuento, los/as autores/as se autopresentaron así:

Alberto
Me llamo Alberto M. Grunewald. Me dicen con mucho aprecio Max. Les saludo con cariño.
Vivo en Martínez, Provincia de Buenos Aires. Tengo 60 años.
Soy Ingeniero Químico. Me gradué en la ciudad de La Plata. Hace 20 años me dedico a la Informática. Durante 11 años tuve mi propia empresa.
Siempre quise hacer algo creativo, algo que viene de adentro. Escribir es - creo - la voz del alma que se transforma en palabras.
Realmente esta primera experiencia en Cuentos con Vueltas es fascinante y me ayuda a crecer.

Gloria
55 años. Cordobesa de corazón, pero viviendo desde hace cuarenta años fuera del pueblo. Ahora en Madrid. Licenciada en administración. Trabajo en una empresa grande.
Esto de participar en el cuento con vueltas me encantó. Fue como jugar, como retomar sueños abandonados.

Lucila
Escribir PERDIDO fue paradójicamente un encuentro con otros y eso pasa en el cuento. ¿Hermanos cósmicos? Fue un placer trabajar con ustedes.
Soy Lucila López, Psicóloga Social, Psicodramatista, escribir es una de mis pasiones y esta modalidad tiene la particularidad de ser algo así como un cadáver exquisito.
En relación a la escritura siempre me defino como cronista, los cuentos son un desafío.
Eso me estimula y me divierte. Es muy interesante decidir cortar en un momento y encontrarse con una dirección diferente, inesperada, a la que hay que tomarle el ritmo. Apasionante.

lunes, 16 de abril de 2012


Mi Novia





En la mañana temprano,
Me acerco a ti, a tu despertar sin prisa,
En invierno ó en verano,
Mi voz como una suave brisa,
Tu cuerpo, recibe mi abrazo incesante,
Novia tú de mi eres, el amor vuelto carne palpitante,
Abrazarte es el fuego de la creación,
Que quiero para todos los días, para toda ocasión,
Un eterno desvelo,
Mi novia, sublime regalo del cielo.

miércoles, 15 de febrero de 2012


HIMNO DEL GRUPO DE BOYS – SCOUTS Nº 116  DE CITY BELL
(BUENOS AIRES – ARGENTINA )
31 DE DICIEMBRE DE 1961 –
ESCRITO Y COMPUESTO POR CARLOS E. GRUNEWALD
PADRE DE ALBERTO M. GRUNEWALD


A todas mis compañeras, a mi compañero,  del Taller de Narración
coordinado por Paula, entre el 31 de enero y el 9 de febrero de 2012: 
gracias por estar   

BOYS-SCOUTS:




                             Tengan firme el bordón
                            Juntos a marchar
                            En los labios la canción,
                                  Vamos a llegar.     

                           Con divina Protección
                           Vamos a cumplir
                            Alegre es el corazón, corazón, corazón                         
                      Alegre es el corazón,
                          El canto es vivir.

ESTRIBILLO:  


                        Siempre LISTO, Siempre Fiel,
                        Nunca olvidéis
                        Nuestro Grupo City Bell
                       Ciento diez y seis 
                       Nuestro Grupo City Bell
                       Ciento diez y seis            

ROVERS:     

                      Rovers somos, mirennos
                     Marchen con rigor
                     Scouts, Lobatos, sígannos
                    Canten con vigor,
                    Disciplina, seriedad,
                    Ejemplo hay que dar,
                   Con la Fé y voluntad, voluntad, voluntad,
                   Con la Fé y voluntad
                   Nunca a fallar.

Estribillo …………………………………………………………….

LOBATOS: 

                   Con AKELA’s dirección
                   Los Lobatos van
                   Al futuro en unión,
                  Sanos crecerán
                 Con cariño y valor
                 Ansiamos aprender
                Con la suerte a favor, a favor, a favor,
                Con la suerte a favor,
                Vamos a vencer.

ESTRIBILLO ………………………………………………………….           
                                        

viernes, 3 de febrero de 2012

CORRER O HACER EL AMOR


CORRER O HACER EL AMOR

Hoy me hice una pregunta muy importante
¿Que es Mejor?
¿Correr o Hacer el amor? ¡Menuda pregunta! Pero si alguien tiene alguna duda hagamos un pequeño analisis.

Sin duda alguna, hacer cualquier clase de ejercicio es excelente para la salud. Pero, para los que aún tienen dudas a la hora de escoger, aquí encontrarán 7 buenas razones para decidir entre Correr o Hacer el amor

1.- Cuando corres, normalmente vas solo. Si vas con alguien acabas queriendo correr más rápido que el otro.
Haciendo el amor no, siempre tratas de llegar a la meta juntos.
Por lo tanto, hacer el amor
“desarrolla el trabajo en equipo y evita el egoísmo".

2.- Para correr hay que comprar un montón de ropa que, normalmente, es bastante cara.
Sin embargo, para hacer el amor basta con quitarte la que llevas puesta.
Como ves,hacer el amor“fomenta el ahorro y evita el consumismo".

3.- Para correr hay que levantarse de la cama.
Para hacer el amor es todo lo contrario.
Todos sabemos que en la cama se esta mejor que en ningún sitio.
Por lo tanto, haciendo el amor nos
“ejercitamos mientras estamos donde mejor se está".

4.- Correr exige un gran esfuerzo y da poco placer.
Hacer el amor da un enorme placer y el esfuerzo es mínimo.
Así pues,haciendo el amor descubrimos cómo
“rentabilizar al máximo con el mínimo esfuerzo"

5.- Después de correr terminas agotado y te duelen las rodillas y piernas.
Sin embargo, después de hacer el amor, tienes una sonrisa de oreja a oreja.
Queda claro que haciendo el amor“descubrimos la alegría de vivir"

6.- Sí te llaman para correr, casi nunca vas.
Ahora bien, si te llaman para hacer el amor..
Ahhhhhhhh... verdad?. A la hora que te digan sales como a toda pastilla.
Está claro,hacer el amor“aumenta la puntualidad".

7.- Otra razón muy importante es que, después de correr no te apetece repetir
Pero, después de hacer el amor, desea volver a empezar¿o no?
Así que haciendo el amor se consigue “verdadero interés por lo que se hace y se fomenta el valor de la constancia".

A Correr, ni hablar, ¡a hacer el amor se ha dicho!

Y dicho esto, sean felices haciendo el amor, corriendo o sencillamente tomándose la vida un poco a broma.