YO Y LA
COLONOSCOPIA Viernes
23 de noviembre de 2012
Estaba
en la sala de espera intranquilo: a las 10.30 a.m. me practicaban una
colonoscopia. Hacia siete años, que fue la última y única vez que me examinaron
el recto y el colon, por suerte con un buen resultado. Pero despertarme de la
anestesia no fue muy grato.
A
mi lado, con su grata presencia, me acompañaba mi hijo, Alejandro. Le dije:
estaría bueno estar juntos y conversar con tiempo más seguid, o él y yo, pero
no bajo estas circunstancias.
Hacia
una semana que estaba tenso, con mis pensamientos puestos en la severa dieta
indicada con detalle, previa al estudio, que comencé gradualmente el lunes 19
de noviembre. El día anterior al estudio, prácticamente en ayunas tuve que
ingerir un importante volumen de solución laxante, por la tarde y por la noche,
para lograr una limpieza de la zona intestinal. Los tres litros de agua que
bebí adicionalmente no alcanzaron a quitar ese horrible sabor a mezcla de
aceite y bicarbonato, pero sí a transformar mi estomago en una enorme pileta de
natación ó mejor aun en un lago desprovisto de arboleda y montañas. Con este
paisaje, el efecto no se hizo esperar y entre las 8 p.m. y 2 a.m. del viernes
23, mi itinerario, sin cargo alguno, pero sí con mucha carga, fue desde el
dormitorio al baño en forma incesante. Mi hermosa Golden Retriever, Wanda, me
observaba preocupada, sorprendida, pues yo nunca corría tanto dentro del
departamento.
Tuve
que reponer dos veces el papel
higiénico, que dada las circunstancias, decidí en su momento y para está
oportunidad, comprar rollos de mala
calidad . . . ¿ para qué los de doble
hoja ?
Si
a este escenario le sumamos mi tendencia a ser cagón, bonito cocktail emocional
me embargaba…
Demás
está decir que dormí muy poco. Mi estado de ansiedad aumentaba minuto a minuto.
Parecia
que había amanecido más temprano que nunca: a las 5 a.m. caminaba casi sin
detenerme de un lado a otro; el tiempo no pasaba.
Ya
contaba casi 12 horas de ayuno, mi estomago no era el mismo de “siempre”: una
mezcla de oceáno con altísima concentración de sales y un vacio difícil de
describir, me distraían de temas cotidianos.
9.15
a.m.: con mi hijo, partimos rumbo al centro de gastroenterología ubicado en
Barrio Norte. Llegamos demasiado temprano. Durante la incómoda espera converse
brevemente con él. Trataba de distraerme. Mi mente, más que nunca, estaba
conmigo mismo. Haber firmado un acta de acuerdo, aceptando el procedimiento, con los riesgos
que involucra el mismo, me había puesto más nervioso. Sí, estaba cagado hasta
ahí, y muy asustado. La simpática recepcionista que me atendió al llegar me
dijo: “Usted debería haber firmado sin leer lo aquí escrito.” Seguramente si me lo decía antes de poner mi
firma, me hubiera cagado de miedo mucho más.
Mi
hijo me observaba; muchas veces se reía: traté de relajarme, de meditar, de
aplicar eutonia: respiración consciente, reteniendo aire, mayor oxigenación,
movimientos suaves y lentos con el objetivo de aquietar mi mente. Realice
ejercicios que aprendí en el taller de eutonia ( muy eficaces ): tocaba el
piano imaginario con mis grandes manos,
elevaba los brazos intensamente hacia el techo, con las palmas de las manos hacia
arriba, tratando de elevar el techo. Juntaba las yemas de los dedos pulgar,
índice, medio de ambas manos para crear energía positiva, cerrando los ojos,
observando la respiración y relajándome.
Me
sentía mejor por momentos, con menos ansiedad. ¡ Viva la eutonia !! Pero mi
enemigo era el tiempo: no pasaba nunca. Recien 11.30 a.m. ingrese temblando al
vestuario para luego seguir al quirófano. Me convencí que soy un cagón y que el
estudio es sencillo aunque me duerman y pierda el control …
El
delantal, abierto por detrás, ¿ se imaginan ?, una de las partes más lindas que
tengo…… en manos de una doctora . . . joven, amable con su saludo de
“bienvenida”.
Sorpresivamente
un rostro tierno con cabellera blanca, se aproximó a mi cabeza inclinada
totalmente hacia un lado, dado que tuve que ubicarme de costado en la camilla,
presentándose está persona, como el anestesista. Después de preguntas de
distracción:
¿ qué
medicamentos tomo ?, ¿ si había tenido un estudio similar antes ? me “clavó” una
guja en una vena de mi mano derecha, sin causarme dolor diciéndome que en
segundos iba a tener el mejor de los sueños. Asustado, me entregué, mientras
observaba a mi alrededor un sinfín de jeringas, aparatos y otros elemento
propios de un quirófano. Con la máscara de oxígeno puesta, el anestesista dijo:
“ahí vamos”….
Desperté
en una sala contigua al grito de ¡Grunewald, Grunewald¡
El
anestesista trataba de reanimarme, reubicarme en la realidad y hacerme regresar
de mi viaje a la Tierra.
Sentí –
aun mareado - enorme alegría al ver a mi
hijo.
Ese sueño
profundo fue maravilloso, me pregunté si asi sería la muerte . . .
Aunque aun
no estaba sobrio, celebré al escuchar a la joven doctora decir que todo estaba
bien.
Continue
en una especie de limbo alguna hora más, pero olvidándome de casi todo,
continuamos festejando Alejandro y yo
en una
parrilla, saboreando chorizos, bife, papas fritas, ensalada mixta, pero nada de
postre….
Había
pasado todo. Bien vale la pena ser responsable, tratar de prevenir, de
quererse, por un mismo, por los seres queridos, por la Vida, y decir siempre: ¡
Gracias !
ALBERTO
GRUNEWALD ( Y0 )
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