domingo, 25 de noviembre de 2012


YO  Y  LA COLONOSCOPIA          Viernes 23 de noviembre de 2012


Estaba en la sala de espera intranquilo: a las 10.30 a.m. me practicaban una colonoscopia. Hacia siete años, que fue la última y única vez que me examinaron el recto y el colon, por suerte con un buen resultado. Pero despertarme de la anestesia no fue muy grato.
A mi lado, con su grata presencia, me acompañaba mi hijo, Alejandro. Le dije: estaría bueno estar juntos y conversar con tiempo más seguid, o él y yo, pero no bajo estas circunstancias.
Hacia una semana que estaba tenso, con mis pensamientos puestos en la severa dieta indicada con detalle, previa al estudio, que comencé gradualmente el lunes 19 de noviembre. El día anterior al estudio, prácticamente en ayunas tuve que ingerir un importante volumen de solución laxante, por la tarde y por la noche, para lograr una limpieza de la zona intestinal. Los tres litros de agua que bebí adicionalmente no alcanzaron a quitar ese horrible sabor a mezcla de aceite y bicarbonato, pero sí a transformar mi estomago en una enorme pileta de natación ó mejor aun en un lago desprovisto de arboleda y montañas. Con este paisaje, el efecto no se hizo esperar y entre las 8 p.m. y 2 a.m. del viernes 23, mi itinerario, sin cargo alguno, pero sí con mucha carga, fue desde el dormitorio al baño en forma incesante. Mi hermosa Golden Retriever, Wanda, me observaba preocupada, sorprendida, pues yo nunca corría tanto dentro del departamento.
Tuve que reponer dos veces el  papel higiénico, que dada las circunstancias, decidí en su momento y para está oportunidad,  comprar rollos de mala calidad . . .  ¿ para qué los de doble hoja ?
Si a este escenario le sumamos mi tendencia a ser cagón, bonito cocktail emocional me embargaba…
Demás está decir que dormí muy poco. Mi estado de ansiedad aumentaba minuto a minuto.
Parecia que había amanecido más temprano que nunca: a las 5 a.m. caminaba casi sin detenerme de un lado a otro; el tiempo no pasaba.
Ya contaba casi 12 horas de ayuno, mi estomago no era el mismo de “siempre”: una mezcla de oceáno con altísima concentración de sales y un vacio difícil de describir, me distraían de temas cotidianos. 
9.15 a.m.: con mi hijo, partimos rumbo al centro de gastroenterología ubicado en Barrio Norte. Llegamos demasiado temprano. Durante la incómoda espera converse brevemente con él. Trataba de distraerme. Mi mente, más que nunca, estaba conmigo mismo. Haber firmado un acta de acuerdo,  aceptando el procedimiento, con los riesgos que involucra el mismo, me había puesto más nervioso. Sí, estaba cagado hasta ahí, y muy asustado. La simpática recepcionista que me atendió al llegar me dijo: “Usted debería haber firmado sin leer lo aquí escrito.”  Seguramente si me lo decía antes de poner mi firma, me hubiera cagado de miedo mucho más.
Mi hijo me observaba; muchas veces se reía: traté de relajarme, de meditar, de aplicar eutonia: respiración consciente, reteniendo aire, mayor oxigenación, movimientos suaves y lentos con el objetivo de aquietar mi mente. Realice ejercicios que aprendí en el taller de eutonia ( muy eficaces ): tocaba el piano  imaginario con mis grandes manos, elevaba los brazos intensamente hacia el techo, con las palmas de las manos hacia arriba, tratando de elevar el techo. Juntaba las yemas de los dedos pulgar, índice, medio de ambas manos para crear energía positiva, cerrando los ojos, observando la respiración y relajándome.     
Me sentía mejor por momentos, con menos ansiedad. ¡ Viva la eutonia !! Pero mi enemigo era el tiempo: no pasaba nunca. Recien 11.30 a.m. ingrese temblando al vestuario para luego seguir al quirófano. Me convencí que soy un cagón y que el estudio es sencillo aunque me duerman y pierda el control …
El delantal, abierto por detrás, ¿ se imaginan ?, una de las partes más lindas que tengo…… en manos de una doctora . . . joven, amable con su saludo de “bienvenida”.

Sorpresivamente un rostro tierno con cabellera blanca, se aproximó a mi cabeza inclinada totalmente hacia un lado, dado que tuve que ubicarme de costado en la camilla, presentándose está persona, como el anestesista. Después de preguntas de distracción:
¿ qué medicamentos tomo ?, ¿ si había tenido un estudio similar antes ? me “clavó” una guja en una vena de mi mano derecha, sin causarme dolor diciéndome que en segundos iba a tener el mejor de los sueños. Asustado, me entregué, mientras observaba a mi alrededor un sinfín de jeringas, aparatos y otros elemento propios de un quirófano. Con la máscara de oxígeno puesta, el anestesista dijo: “ahí vamos”….

Desperté en una sala contigua al grito de ¡Grunewald, Grunewald¡
El anestesista trataba de reanimarme, reubicarme en la realidad y hacerme regresar de mi viaje a la Tierra.

Sentí – aun mareado -  enorme alegría al ver a mi hijo.
Ese sueño profundo fue maravilloso, me pregunté si asi sería la muerte . . .

Aunque aun no estaba sobrio, celebré al escuchar a la joven doctora decir que todo estaba bien.

Continue en una especie de limbo alguna hora más, pero olvidándome de casi todo, continuamos festejando Alejandro y yo
en una parrilla, saboreando chorizos, bife, papas fritas, ensalada mixta, pero nada de postre….
Había pasado todo. Bien vale la pena ser responsable, tratar de prevenir, de quererse, por un mismo, por los seres queridos, por la Vida, y decir siempre: ¡ Gracias !    

ALBERTO GRUNEWALD ( Y0 )